En qué consiste el Día de Muertos en México

En qué consiste el Día de Muertos en México

Los antiguos mexicanos creían que el destino del alma del muerto estaba determinado de acuerdo al tipo de muerte
Redacción | UN1ÓN | 11/10/2019 04:00

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró el Día de Muertos, como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad en el año 2003, lo cual llena de orgullo a México, pues se trata de una de las tradiciones más importantes del calendario.

Sobre estas declaratorias de la UNESCO, se señala que como consecuencia de las serias amenazas que se ciernen sobre numerosas culturas ancestrales y los vertiginosos procesos de cambio y transformación social que muchos pueblos viven en las últimas décadas, han motivado a la organización para que haya colocado entre sus más altas prioridades la identificación y puesta en valor del patrimonio vivo que constituye la especificidad de miles de grupos sociales. 

El origen de la celebración de Día de Muertos se ha relacionado con la época prehispánica, sin embargo, algunos especialistas han señalado que podría tener un origen posterior a esta etapa de la historia de nuestro país, pero es innegable que la tradición guarda elementos de ambas épocas.

La profesora e investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Elsa Malvido, señala en su trabajo de investigación que el origen las ceremonias y festejos relacionados con el Día de Muertos “son netamente españolas, coloniales, cristianas y en algunos casos romanas paganas, enseñadas por frailes, curas y otros europeos a los indios y mestizos”.

Para los mexicanos, el Día de Muertos es la fecha en que las familias recuerdan a sus difuntos con altares coloridos llenos de comida y bebida, recordando que para nuestras culturas prehispánicas, la muerte era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán, es decir el reino de los muertos o inframundo.

Los antiguos mexicanos creían que el destino del alma del muerto estaba determinado de acuerdo al tipo de muerte. Por ejemplo, los que morían ahogados iban al Tlalocan o paraíso de Tláloc; los que morían en combate o en sacrificio y las mujeres muertas en parto, iban al Omeyocan o paraíso del Sol. 

Los niños muertos iban a un lugar llamado Chichihuacuauhco, donde había un árbol de cuyas ramas goteaba leche para que no pasaran hambre. 

El Mictlán estaba destinado para todas las personas que morían de muerte natural.

Un dato importante es que los antiguos mexicanos no creían en el infierno; es decir en un lugar donde habría un infinito castigo. Eso explica que las culturas prehispánicas no temieran a la muerte.

Estudios históricos y antropológicos también han permitido constatar que las celebraciones dedicadas a los muertos no sólo comparten una antigua práctica ceremonial donde conviven la tradición católica y la tradición precolombina, sino también una diversidad de manifestaciones que se sustentan en la pluralidad étnica y cultural de nuestro país. 

El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil, refiere que el Día de Muertos es en el ámbito del “México profundo”, una expresión más definida que revela con mayor claridad los principios básicos de un patrimonio cultural intangible. 

La fiesta de Día de Muertos es una forma de rendir culto a los antepasados, aun cuando para la gente extraña a nuestras costumbres (los extranjeros, los otros) sea irrespetuoso y lo pueden ver de una forma insana diciendo que llegamos al límite de la necrofilia. Pero no hay tradición más mexicana que los días de muertos; por mexicana entiéndase no únicamente lo relativo a los usos prehispánicos, sino a lo que podemos concebir como México.

Oficialmente, según el calendario católico, el día 1 de noviembre está dedicado a Todos Santos y el día 2 de noviembre a los Fieles Difuntos. Sin embargo, en la tradición popular de gran parte de la República Mexicana, el día 1 se dedica a los muertos chiquitos o niños fallecidos, y el día 2 a los adultos o muertos grandes. 

En algunos lugares se dice que el 28 de octubre es el día de los que murieron con violencia, o sea de aquellos muertos en accidente, y que el día 30 de octubre llegan las almas de los limbos, es decir, de los niños que murieron sin ser bautizados. 

Esta distinción de dos celebraciones de muertos según la edad, proviene de la época prehispánica. Fray Diego Durán dice que en el ritual indígena nahua existían dos fiestas dedicadas al culto a los muertos: Miccailhuitontli o Fiesta de los Muertecitos, que se conmemoraba en el noveno mes del calendario nahua, y equivalía al mes de agosto del año cristiano; y la Fiesta Grande de los Muertos, celebrada el décimo mes del año. 

Es importante señalar que esta celebración no es de duelo, porque no duele. No puede recibirse al pariente, al amigo, al antepasado con lágrimas en los ojos; es tiempo de fiesta y podemos hacerla. Al visitante se le abren las puertas y se le da en abundancia, porque gracias a su intercesión con la divinidad (Fieles Difuntos, santos, antepasados), nos han brindado una gran cosecha. El que venga, sea de aquí o forastero, es convidado.

El conjunto de prácticas y tradiciones que prevalecen en torno a las celebraciones dedicadas a los muertos, tanto en las ciudades como en un gran número de poblaciones rurales, hoy constituye una de las costumbres más vigorosas y dinámicas de México, señala el texto ‘La festividad indígena dedicada a los muertos en México’, editado por Conaculta.